Marty Friedman ha sido siempre
un guitarrista personalísimo. Desde su primera aparición
al lado de Jason Becker en Cacophony, pasando por su breve
periodo solitario marcado por el fantástico Dragon's
Kiss, y luego su espléndida etapa como guitarrista
de Megadeth -durante la cual sacó algún solitario
cercano al new age-, se ha caracterizado por su uso de escalas
y ritmos exóticos donde los hubiera.
Ahora, tras haber dejado su sitio en Megadeth a Al Pitrelli,
saca un disco en solitario que, a mí personalmente,
me ha sorprendido. No por el exotismo de sus escalas, que
siguen siendo "marca de la casa", sino por la dureza
de algunas canciones -no por nada el disco se llama "música
para ir a toda leche"-; dureza, dentro del contexto de
un disco de un genio de la guitarra como es el Sr. Friedman.
Sin embargo, no es lo único curioso del disco. También
llama la atención la especie de tecno-metal-guitarrero
que mete en temas como "Cheer girl rampage", que
parece la banda sonora de un juego de la PlayStation. No os
asustéis: si el tecno tuviera razón de existir,
tendría que ser como lo toca Marty Friedman (o Jeff
Beck, o Joe Satriani, ... que parece que se ha puesto de moda
la cosa electrónica entre los demonios de las seis
cuerdas). En cuanto escuchas la velocidad a la que desgrana
sus escalas, se te olvida pensar que podrías estar
en una discoteca Valenciana de esas en las que sobre todo
sirven agua (!).
Por resumirlo de alguna manera, Marty se ha cogido sus escalas
exóticas, las ha mezclado con la caña de Megadeth
y les ha añadido un poquito de Tekken 3. Puede costar
un poco, pero al final el esfuerzo de escucharlo una segunda
vez te abre las puertas para no quitarlo del reproductor.
Fausto
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